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SOBRE EL RUIDO Y LA GUERRA

Me pregunto en ocasiones si esto, para mí, es una guerra. Y también si todo cuanto he escrito o pueda escribir durante el confinamiento, más allá de su valor, es una crónica de guerra. Hace años (muchísimos) soñé con llegar a ser Ryszard Kapuscińsky y retratar las cloacas del Drama con su preciosismo literario. Hermanado con la muerte y dueño de una libertad contemplativa que le hacía ahondar en los conflictos y al mismo tiempo alejarse de ellos, como si él mismo erigido en narrador pudiera domesticar el tempo de la guerra. Así quise ser: un constructor errante e impávido dispuesto a morder el polvo.

Y con ese recuerdo releo algunas líneas, asumiendo de manera inconsciente nuestro particular contexto bélico. Y me pregunto de nuevo qué sé yo de la guerra; qué se yo de sus ruidos y de sus olores, más allá de matices imaginarios y clichés. Roberto Saviano (Nápoles, 1979) vincula en sus crónicas el sonido de la muerte y la memoria: «Quizá el lector pertenezca a esa parte del mundo que todavía vive tranquila. Conoce los gritos de los hospitales, de parturientas y enfermos, de niños que chillan y huesos que se dislocan. Pero no habrá oído nunca los gritos de un hombre alcanzado por una bala, con los huesos partidos por una metralleta o las esquirlas de una explosión que lo han traspasado arrancándole un brazo o media cara. Esos son gritos, los únicos que la memoria no olvida. La memoria de los sonidos es lábil. Se relaciona con las acciones, con los contextos. Pero los gritos de la guerra no se van. Si has oído los gritos de un hombre que está muriendo o ha sido herido en el frente, es inútil que gastes dinero en psicoanalistas o que busques caricias. Son gritos que no olvidarás jamás».

Es cierto que en nuestras calles no hay trincheras, ni aviones sobrevolándolas  cargados de plomo; y que nuestros edificios se mantienen en pie; y que dentro, como bien ha escrito Ramón Lobo, presenciamos el fuego de artillería «con la nevera llena, reservas de papel higiénico para mil diarreas, agua caliente, calefacción e internet de banda ancha»; y que tampoco hay cadáveres fetales en las calles, ni estampas de fratricidio, ni logias triturando el asfalto de las grandes avenidas.

Supongamos que esto no es una guerra sino una catástrofe. Y que la guerra es la Guerra, además de una catástrofe, porque en ella hay sombras mutiladas cuya piel, muerto el ruido de las bombas, solo es fuego; cuya memoria, casi siempre recién nacida, solo guarda el ruido de quienes aún yacen aplastados por la fusilería y los cascotes; cuyosniños, si sobreviven, hacen su particular recuento de bajas como si fueran cabos de un escuadrón militar.

Por tanto, si esto, para mí, no es una guerra, solo puedo avergonzarme cuando, tras haber soñado etílicamente con Kapuscińky, me despierto en mi cama llorando por un simple dolor, por un simple atisbo de angustia o por el ruido imaginario de un adiós que, si me acompaña la suerte, no se producirá. El mismo que a otros ya les ha partido la carne como si fuera el más certero de los proyectiles.

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