Delirios

Vestido con un traje de chaqueta, peinado como cualquier otro asistente, ágil y coherente en sus gestos, el acusado explica ante la audiencia por qué abrió la puerta, por qué señaló hacia la cama y por qué buscó los auriculares en el cajón de la mesilla antes de salir.  También hubo razones, conjeturas y diálogos cruzados al hablar del tiempo. Del tiempo transcurrido dentro de la habitación. Del tiempo transcurrido en mitad del pasillo, absorbiendo su ruido anestésico. Detalles conocidos por todos y que él, con su voz, convierte en carne.

Sus delirios. Verdes. Febriles. Aguijados. En su descripción oficial, la habitación emerge diáfana, con sus esquinas erguidas y grietas mancas que afean la pared. En sus delirios, los detalles son blancos y alrededor de los cuadros crecen lenguas de espuma. Espuma que puede ser suya o de la bestia que mastica su nuca (su nuca morena y partida) mientras le ordena que gire el pomo. El otro cuerpo no existe. Menos aún cuando ve la jeringuilla en las manos del visitante. Entonces, cierra la puerta y abandona a su otro yo sobre la cama, lento y pequeño, adicto y plácido, mientras él respira con la aguja entre las venas.

Delirio, papel y deuvedés, todos ellos marcados con el día y la hora de la nada. Hechos que suenan tan simples, tan planos y tan cotidianos que más de un asistente, tras el término de la sesión, busca su hombro (su maldito hombro desgastado) para darle el pésame, para desearle ––a él y a quien le espere en el infierno–– una pronta recuperación.

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