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ESCENA VERANIEGA

Es una escena. No quiero entenderla. Tampoco la juzgo. Solo la observo. Sucede en un parque. Es un día soleado. Los aspersores riegan el césped aligerando el calor. Paseo. Pienso. A pocos metros, sentados en un banco, madres y padres conversan. Escucho palabras que no entiendo. Todos tienen la piel enrojecida y algunos pestañean.

A su lado, bajo la gruesa sombra de una palmera, varios niños juegan. Corretean en círculo. Se lanzan pelotas. Saltan, gritan y se carcajean.

Separado del grupo, otro niño yace bocabajo en la hierba. Sus piernas, rígidas. Sus brazos, pegados al pecho. Nadie repara en él, ni los niños, ni las madres, ni los padres. Y este, elevando la cabeza con sigilo, y deja asomar un fusil. Es un fusil de juguete, por supuesto, pero muy brillante. El niño acerca su ojo izquierdo a la mirilla. Con la mirada rígida en el horizonte, dispara. Otra vez, dispara. Y dispara una tercera vez. Entonces se levanta, coge el fusil y avanza unos metros.

Es un día soleado. A su alrededor, niños, madres y padres. No sé de disparos. Tampoco los juzgo. Solo observo, con acerada atención, esta escena veraniega.

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